Y parece tan larga la alambrada de espino

Foto: Saul Leiter



Observa cómo giran los dioses, los buitres y los dementes
en mitad del pesado silencio
del planeta, ese lugar donde la fiesta nunca acaba
y las serpentinas, intactas en mitad del baile, enhebran su luz.
Mañana seguiremos discutiendo con bocas ajenas.
Harán ceniceros con nuestros huesos.
Somos humo que camina lento por las avenidas,
alejándose de sí mismo:
cada uno con su uniforme de batalla,
con su oído dispuesto para escuchar al dinero,
con toda una moral suspendida en la cuchara.
Escucha la velocidad de la carne
que crece siempre hacia la putrefacción.
Y parece tan larga la alambrada de espino
cuando recorres, con pasos de escarabajo,
la ciudad detenida bajo el sol
entre un atasco y un epitafio.
            


Señales que precederán al fin del mundo




Señales que precederán al fin del mundo
es la segunda novela de Yuri Herrera, nacido en 1970 en Actopan, en el Estado de Hidalgo, Méjico. Las señales que promete el apocalíptico título están aquí, entre nosotros, en nuestras palabras, en los yermos que vamos extendiendo sobre el mundo, en los oficios de la violencia y la corrupción, esos oficios que cuidamos con tanto afecto.

Valga decir que las 123 páginas de esta novela son invulnerables. Añadir o rebajar no serviría de nada. Todo ha caído en su lugar. Una naturalidad premeditada, un retrato del infierno que nunca afloja la cuerda, que nunca condesciende con explicaciones es lo que se nos entrega.

El lenguaje de Yuri Herrera es un paisaje en sí mismo: funda un territorio, se amista con la poesía, deriva hacia la reflexión y se reseca y corta cuando apura la crítica. Un mismo organismo va produciendo todos esos efectos ante el lector, modulándose sin que el cambio sea visible.

Herrera ha trabajado el lenguaje coloquial hasta presentarlo en una página como una cosa nueva, refinada, que sirve igual a la poesía, al diálogo filoso y a las quebradas del pensamiento. Pero ese lenguaje nunca deja de ser lo que es, un lenguaje que sabe a prisa y asfalto mezclado con tierra, a hoteles de frontera, a pulque curado de nuez, al cementerio de los desiertos, a no te fíes nunca, a un joven que duerme abrazado a una bolsa en su litera, a una troca que se aleja por pistas de tierra, a una huida hacia ningún sitio, porque la cordura no existe ni se la espera.

En ese idioma jugoso y engranado crece la figura de Makina, la protagonista, alguien que intenta sobrevivir en una sociedad donde la vida vale menos que el precio de la tinta gastada en escribir la palabra vida.

Durante años tuve por convicción que la influencia de Rulfo destruye a cualquier escritor, aniquila toda prosa. Es una sombra demasiado grande para que no te inunde y te derrote. Yuri Herrera demuestra que estaba equivocado, que se puede, por el camino de Rulfo, hacer la novela de hoy.

Como leo a Herrera desde la otra orilla siento, quizá por extrañeza, que el español se limpia y reinventa en su prosa. El mismo idioma, pero como recién hecho, lleno de juegos que mejoran al que lee, de entrelíneas, ritmos y enseñanzas.

Yo no sé si Méjico se acerca al fin del mundo, y todos con él, pero mientras las señales que anuncian ese final las notifique Yuri Herrera, bastará para seguir retrasando la hora.



Señales que precederán al fin del mundo, Yuri Herrera (Periférica, 2009)



¿Qué te sucede, Catulo?




No hemos comprendido las grandes ventajas que nos trae la crisis: esa felicidad insoportable que nos induce al suicidio; esa procesión de sombras desempleadas que avanzan, camufladas en ocio, por los parques; el aumento de las almas caritativas de doble papada, que con una mano nos entregan el pan y con la otra nos lo reclaman; el grave sufrimiento de los bancos, esos desheredados, cuyos directivos apenas llegan a fin de mes; los fatigosos viajes de nuestros líderes en busca de algún mamífero capitalista; los voluptuosos placeres de la recesión; la satisfacción de Marie Le Pen, tan cerca ya de alcanzar la segunda vuelta; los obispos que nos ruegan abandonar toda codicia, tan frugales ellos;  el renovado dialecto del egoísmo, esa medicina universal.

            La crisis vuelve más pequeño el mundo, nos empuja a un recreo salvaje, a un canibalismo gozoso.

Vuelven las naciones, las orondas patrias, las zonas de exclusión.

Catulo lo explicaba mejor (Carmina, XLVII):

Porcio y Socratión, roña y hambre de la humanidad, las dos manos ladronas de Pisón, ¿por qué ese Príapo sin pellejo os prefirió a mis amigos Veranio y Fabulo? Vosotros celebráis famosos y suntuosos banquetes a pleno día; ellos buscan por las esquinas invitaciones.

Habla de nosotros, de nuestro siglo. Las manos ladronas y arribistas de los amigos de Pisón, ¿no las conocemos bien? ¿No somos nosotros como Veranio y Fabulo, excluidos del gran banquete, buscando invitaciones por las esquinas, mendigando nuestra esclavitud con horarios?

Es la hora de matarnos entre nosotros, de alimentarnos a costa del hambre ajena.

Altos muros protegen a los elegidos.



            Catulo entendió el mensaje y escribió otro poema (Carmina, LII):

            ¿Qué hay, Catulo? ¿Por qué retrasas tu muerte? En la silla del cónsul se sienta Nonio el tuberculoso, y por su consulado perjura Vatinio. ¿Qué te sucede, Catulo? ¿Por qué retrasas tu muerte?

            Quien habla en el poema es César, el que compraba votos, el que enseñó a los romanos las bondades de la tiranía.

¿Qué nos sucede a todos, ahora que todos somos Catulo? ¿Por qué retrasamos nuestra muerte?

Sería el recorte definitivo, el acto más rentable, nuestra mejor inversión.

No hay duda, somos insolentes, malvados e irracionales: queremos sobrevivir.

Errores en la misma dirección




Goro Shimura es un matemático japonés, fue gran amigo y par en la investigación de Yutaka Taniyama, otro matemático japonés propenso a caer en teorías y depresiones. La frialdad de la Universidad de Tokio impulsó a los dos amigos a un razonable enclaustramiento y a imponerse retos caprichosos, como golpear lápices afilados contra mesas de cerezo mientras zapateaban las fórmulas en sus mentes. 

Su condición de investigadores les permitió dedicarse a sospechar cosas que solo pueden ocurrírsele a un par de matemáticos ociosos, como las relaciones entre las curvas elípticas y las formas modulares. Después de mucho trabajar llegaron a la insólita conclusión de que toda curva elíptica era una forma modular. A su intuición la llamaron la conjetura de Taniyama-Shimura, célebre proposición en el submundo de la Teoría Algebraica de Números. 



El asunto es que muchos años después, demostrada esa relación, suicidado Taniyama y famoso y coleando Shimura, le preguntaron al segundo cómo era el carácter y el talento de su compañero de conjetura.

–Taniyama era un matemático poco escrupuloso. Cometía muchos errores, pero pronto descubrí su inmenso talento: siempre cometía sus errores en la misma dirección.

Errores en la misma dirección, escuché, y sentí la emoción del hallazgo. Es una definición perfecta de la literatura, esa vasta conjetura que todavía sigue esperando a su Andrew Wiles.

Enseguida recordé un recital en Roma en el que me tocaba actuar como presentador, un acto que titulé, para mi vergüenza, La teoría del error, donde me apoyaba en Feyerabend y su prólogo a Contra el método para sugerir que cada palabra elegida por un escritor es un error seleccionado entre muchos errores posibles, que todo escritor trama en su obra, a veces de forma involuntaria, una particular teoría del error. 


Ahí tienen a Paul Feyerabend elaborando su anarquismo epistemológico. 

Hubiera sido mejor citar a Shimura y hablar de la buena literatura como un error cometido siempre en la misma dirección. Era la definición más exacta y la más amplia. Errores sí, pero errores necesarios, que definen un carácter, heredan una obsesión y se conjuran para pensar el mundo bajo una luz íntima. 

En 1995 el hipertímido y pelirrojo Andrew Wiles demostró un caso especial de la conjetura de Taniyama-Shimura, y a través de ella alcanzó una demostración del Último teorema de Fermat. 

En literatura todas las conjeturas son indemostrables. Los Andrew Wiles no nos sirven para nada. El genio se convierte en idiota dependiendo del siglo o del comentador. Ese tiovivo no debería inquietarnos.

El talento del escritor reside en apostar por la opción más digna de ser leída, pero también por la opción que mire, como hacía Taniyama, hacia el lugar que señala nuestro temperamento, rumbo hacia una isla que nunca se alcanza. Errores en la misma dirección. 


Pina Bausch




Se danza, como danzaba Pina Bausch, como aún danza su compañía, para madurar hacia la tierra, crecer hacia dentro, dilatarse sin abandonar el cuerpo.

Bruno Schulz diría que el objetivo es Madurar hacia la infancia. Él danzaba con las palabras, atajando al mito, trabajando cada instante como si escondiera una eternidad.

Danzar debe ser eso, escribir también: madurar hacia la infancia, hacer una eternidad con un instante.

La danza es perpetua y cotidiana, solo hace falta una mente que acepte la coreografía, que se adentre en la piscina de la taza de café, en las sílabas que provoca, una mente que escale muros, fachadas, torres de alta tensión, que diga voy a jugar, y en juego se pierda y renazca. 

Danzan los dedos en redoble sobre la mesa blanca, danzan las manos del que espera en su esquina, al ritmo del semáforo que indica los pasos, también la calle que desciende en multitud danza en el reflejo de los escaparates, en la multiplicación de las miradas. Danza la muerte y en humo se eleva. Pronto la alcanzaremos. Danza el sol en las ventanas de los edificios, erguidos para un baile de hormigas, danzan las nubes y huyen, danza la lluvia sobre los petroleros, la tierra misma se niega a estar quieta y danza con nosotros.

Crecía Pina Bausch hacia dentro, iluminándose, y en el gesto encontraba una fe. 

Toda fe es absurda y necesaria. Toda fe es una madera suficiente. Basta si con ella puedes hacer tu fuego. 


Crecimiento natural


Imagen: Slinkachu


Hacerse grande es conveniente para el pequeño: conviene sentir esa obesidad del alma, esa hinchazón que les hace creer que vuelan mientras se hunden. Es una ilusión necesaria, antes de que venga la realidad con su aguja y explote el globo. 

Sueña la mosca con ser elefante, una mosca-elefante con un inmenso ojo compuesto, alas traslúcidas como velas, acorazado el segmento abdominal, y unas patas gruesas, esmaltadas, casi metálicas. Un sueño monstruoso el de la mosca, también el del banquero, la ministra o el concejal. 


Son sueños infantiles, que no pueden ser pensados porque se desvanecerían. El pensamiento es el oxígeno, la cordura que nos vuelve diminutos, que nos regresa a nuestro tamaño, y para alimentar estos sueños es conveniente la asfixia, la más higiénica irracionalidad.

Van todos creciendo, alimentando su grandeza sobre alzas y tacones, dándose la razón a cada paso. Da gusto verles salir a la calle, tan alta la barbilla al mediodía, orgullosos de una sociedad que si aún no les aplaude no es porque ignoren su tamaño, sino por miedo a ser aplastada. 



De griegos, bicicletas y traductores





Ati Solerti, con la ayuda de Mario Domínguez Parra, ha traducido al griego algunos poetas españoles para la revista Vakxikon. Entre los incluidos encuentro a varios poetas que nadie debería ignorar, como Iván Cabrera Cartaya, Jordi Doce, Rafael-José Díaz o Francisco León.

Una mezcla de generosidad y de temeridad les ha llevado a incluir dos poemas míos y unas líneas de Fabio Montes. 

"La piedra", un poema de Nadie (2002), pinta así en el griego de Ati Solerti:

Η ΠΕΤΡΑ 



Μέσα στην πέτρα ο χρόνος δεν μένει:
σ’ εκείνη επίσης υπάρχει μια φωνή που τρέμει,
που παρακμάζει και μισεύει. 
Γη κοιμισμένη θα γίνει κάποια μέρα, 
κι από τους αχανείς δρόμους του κόσμου 
η φωνή της θα γίνει αυτή η φωνή, 
αυτή που εσύ της παραχώρησες.


Sí, yo tampoco lo entiendo, pero seguro que Ati Solerti me ha mejorado. 

Apostaría que en sus palabras soy menos indigno.

Los lectores griegos, si acaso tengo alguno, leerán algo como esto, más o menos:


LA PIEDRA 

El tiempo no se detiene en la piedra: 
también en ella hay una voz que tiembla, 
que declina y se pierde. 
Algún día será dormida tierra, 
y por los vastos caminos del mundo 
su voz será esta voz, 
la que tú le otorgaste. 


Valga esa traducción como excusa para hablar de la amiga Maila, una profesora de ruso que traduce a escritores polacos, a la que conocí hace unas semanas en una especie de fiesta-manifestación de la bicicleta en La Laguna. 

Antes de comenzar la ruta yo mostraba mi natural decrepitud, los pedales se reían en mi cara, el manillar me observaba con espanto. María José a mi lado iba casi niña, siempre en mediodía, como estrenando juego. Luego apareció Maila con chaqueta negra bajo el sol africano: pequeña, reconcentrada, nerviosa, cerrando cada frase con media sonrisa. 

Nos pusimos a hablar en dirección a Polonia y enseguida nos encontramos pedaleando sobre Stasiuk, Szymborska, Lem, Mrozek o Gombrowicz, como enfermos que somos, abandonados a nuestro vicio.



Ahí tienen a tres toxicómanos de la literatura dentro de una bandada de ciclistas. Deberían encerrarnos a todos en Tworki (El manicomio), que es la novela de Marek Bienczyk que Maila ha traducido para Acantilado. 

Me conmueven los traductores, su forma de abrir la ventana de un idioma para que entre el oxígeno, su manera de estar en el escenario sin ser visibles,  su minuciosa generosidad que cada día se presenta en la sala de máquinas de la obra ajena.

Pienso en Cansinos Assens, traduciendo a jornada completa, encorvado sobre el escritorio, la cabeza llena de alfabetos y de verbos irregulares, arrastrando la piedra de la literatura para otros, entregándoles lo mejor que había en él. 

Pienso en Ángel Crespo, en Carlos Pujol, en Clara Janés… Yo no sé si alguna vez haremos justicia a toda esa gente que trabaja, por una paga miserable, para nuestra felicidad. 

Maila Lema, que pedalea para Bienczyk, pertenece a esa raza que nos dignifica a todos. 


Mudanza





Toca el día a mudanza. Se requieren brazos, una espalda no doblegada, dos horas de servicio.

Hay gente que no puede contar sus mudanzas, tanto han vivido. Miran hacia atrás y descubren un baile de direcciones, llaves trastocadas, caseros y habitaciones con vistas a otras casas que también tienen habitaciones con vistas a otras casas, y así. 

Es el caso de la amiga que se muda: su vida es un vaivén de tal calibre que se puede decir que vive en todos sitios y en ninguno.

Nuestra amiga sabe que establecerse no sirve para nada. El que se cree a salvo y bajo un techo definitivo es el que vive en mitad de un espejismo.

El asunto es que entramos en su casa y vemos cómo la casa ha desaparecido, reducida a una isla de cajas de cartón, bolsos hinchados de ropa, estanterías que nos dan la espalda, cables que se rizan por el suelo y cuadros derrotados.

No hay casa, solo un inmueble que se aleja. Esa abstracción que llamamos hogar va siendo cargada en un furgón. Son los órganos aún vivos que esperan para ser trasplantados. 

Los objetos, fuera de su función, se empequeñecen y deprimen. Viajan hacinados o boca abajo, el rostro contra la pared, revueltos con otros objetos incomprensibles, entrechocando por el camino, llamándonos con un tintineo frenético. 

Imagen: William Eggleston


A la hora justa el hogar diseccionado ha llegado al nuevo inmueble.

Cuando se abren las cajas los objetos salen a la luz espantados: se tantean el cuerpo, enumeran los daños, acaso nos perdonan. Poco a poco ocupan su lugar, hacen la casa, se adueñan de un ámbito, y desde allí nos observan de nuevo como iguales. 

Una mudanza es una representación de la existencia: sueños embalados que cargamos hacia ningún sitio, platos que se quiebran por el camino, ceniza que era mejor dejar atrás. 

Perdemos objetos y ganamos los hábitos del nómada.

Yo he optando por no guardar casi nada.

En la última mudanza todo cabrá en una sola caja de madera. 


Seis




Cada uno dejó caer su grano de idealismo, pero justo después de lanzar una palada de cal sobre la fosa.


Hay una modesta alegría en equivocarse y en saberlo: alegría del que observa un rostro y reconoce que no puede ser ajeno.

Sin embargo la alegría se multiplica cuando, por efecto de la ceguera, intuimos que el rostro es el de un extraño, que la culpa –lo sabíamos– es del otro. 

*

Las discusiones conyugales son como la pirotecnia: los enamorados, dispersos en su pólvora, intentan demostrar quién brilla más, dónde se va a producir la explosión, qué altura alcanzará su paciencia. 


Un sistema para elegir a nuestros representantes debe fundarse en la premisa de que todos hemos perdido la cabeza. Si alguien demuestra encontrar su cabeza, o guardarla en algún sitio, bastará ese dato asombroso para que todos reconozcamos a un guía. 


Una tranquila desesperación es la base más firme sobre la que puedes edificar tu libertad. 


Roma es la ciudad de los fantasmas petrificados, como quería Vigolo. Lo que no sabía el romano es que si haces amistad con esos fantasmas te persiguen siempre y a cualquier lugar. En esta isla africana, por ejemplo, no dejan de visitarme cada mañana.

Al volver la cabeza




Todos regresamos tarde a nosotros mismos.

Hay un tribunal donde no sirven las coartadas ni prescriben los delitos, donde un juez impiadoso lee con flema la sentencia condenatoria. Sonreímos al escuchar esas palabras, pero sonreímos porque son verdad y estamos perdidos.

A veces parece que nuestra labor es engañarnos, rizar esa mentira, comprimirla en una cápsula, tomarla cada día. A veces hay un generoso abogado que nos absuelve con retórica al otro lado del cristal de seguridad; otras veces preferimos el disfraz que nos permite olvidar durante unos minutos que somos presos. En el patio, a mediodía, intercambiamos píldoras: “yo soy inocente, te lo juro”, “y yo, claro, y todos”, “estaban todos untados, yo no hice nada”, "no tuve suerte, eso fue todo", y así.

Pero hay que volver a la celda cada día, aunque a todos nos guste retrasar ese viaje.

Y es un error, acaso el mayor de todos, regresar tarde a nosotros mismos.

Al volver la cabeza, como quien camina hacia atrás en el tiempo, Sísifos agotados que han de volver a sí mismos, debemos escuchar nuestra condena, y aprender a destruirnos o a resignarnos.



Mudando, sin rostro y en viaje





Algo debe saciar o resistir, algo arder, dijo, pero sus palabras le contradecían.


Solo la sed y la ceniza resisten, solo permanece lo que no permanece: mudando, sin rostro y en viaje.

Solo nos elevamos cuando caemos.

¿Qué me queda entonces?

Acepta el juego y mira a tu alrededor: en vapor, cristal y asfalto se distrae la materia, celebrando su oficio. 

La absolución es ver.




Creíamos en todos los dioses, sin freno y por deporte. Luego creímos en Uno, a la vez piadoso y sátrapa.

Hoy todos somos dioses, eso me gusta pensar, pero nadie cree en nadie. 



Desde la elevación de la autopista se disfruta un mar metálico, iridiscente y muerto, una de esas tierras bajas de las que hablaba Thomas Pynchon en uno de los relatos de Un lento aprendizaje. Uno siente que podría llenar su maleta de víveres, atravesar ese desierto de sal y llegar al otro lado.

Un largo viaje que de nada serviría. Al otro lado nos espera el mismo juego. El infierno se viene con nosotros.


Foto:  Salvo Petri

Migajas



Migaja es una palabra perfecta para fondear hoy con boya y muerto. ¿Habrá algo que no sean migajas, diminuto rastro de lo que fue existir y se quedó sobre la mesa?  La calle donde vivo, su silencio de solares que a veces interrumpe el estruendo de los motores, el extenso mosaico de casas que desciende hasta el mar, piel de un camaleón inmóvil, los filamentos de las carreteras cuando anochece, el remoto féretro de lo petroleros, los peces blancos de los aviones que se sumergen tras las nubes, los perros que ladran desde las azoteas a un océano que se incendia cada mediodía, los siglos que removemos como el azúcar en una cafetería de Santa Cruz, disolviéndose rápidos mientras nos sacamos palabras de la boca, solo son migajas que empuja una brisa desmemoriada, solo migajas. 


Ventajas de ser invisible



Sí, soy profesor, y parece imposible, porque es costumbre que seamos algo que unos documentos justifican, y en ese caso soy nada o soy invisible. 

Todo indica que la segunda opción es la correcta. Mis alumnos lo saben y me disculpan. Hemos establecido un código de respeto mutuo: yo no les pregunto por qué confían en mí, ellos no me interrogan sobre mi invisibilidad.

En mitad de esa confusión que llamo clase me descubro equivocado, desvío la oración y me refuto. Un desastre semanal. Mi error más habitual como profesor es no mostrarme convencido de mis argumentos: interrogo a los alumnos en busca de un desacuerdo, les propongo un desprecio a mis palabras y les empujo a que no me crean. 

Los alumnos deberían mirarme a la cara estupefactos, dudando entre el asco y el asesinato, lamentando su suerte y recordando tiempos mejores, escuelas donde había una verdad indiscutible, pero no lo hacen. 

Tengo alumnos sorprendentes y compasivos: me ofrecen una mano cuando resbalo entre citas de Monterroso y Stasiuk, sonríen si tartamudeo, me perdonan cuando juzgo con crueldad sus textos, otras veces me observan como a una triatoma infestans calva, una gigantesca vinchuca que en lugar de transmitir la enfermedad de Chagas quiere infectarlos con el parásito de la literatura.

Son gente misericordiosa, y uno aprende al verles tan atentos, tan preocupados porque no me sienta ofendido, porque no me hunda más de lo necesario. 

Sin duda sus preguntas me protegen, sus opiniones son un salvavidas para mi cordura, sus silencios me defienden.

Como el joven Kowalski del Ferdydurke de Gombrowicz, el escritor es alguien indefinido en una sociedad que exige definiciones urgentes, alguien que no puede establecerse, alguien que vive en puentes y no puede aferrarse a nada, excepto a unas pocas palabras. Alguien cuya inmadurez es la fuente principal de su escritura. En esa paradoja se establece Gombrowicz. 

En una paradoja similar se presenta ese niño que para ganarse la vida debe explicar su inmadurez, las fórmulas de su perplejidad, la sala de máquinas de sus intuiciones. Ese niño profesor que soy cada miércoles.

En realidad cada clase son dos clases. La mía es tartamuda y visible, la suya silenciosa y plena. Ellos me enseñan a escuchar y decir no, me ofrecen un muestrario de posibilidades para negar mis convicciones. 

Szymborska no ha muerto, les digo, y luego leo: 

En el tercer planeta del sol, 
la conciencia limpia y tranquila 
es síntoma primordial de animalidad. 

Son versos del poema “Alabanza de la mala opinión de sí mismo”. 

Después leo otras palabras de la polaca, extraídas de un discurso de recepción de un premio que le dieron en Suecia: “Cuando escribo siempre tengo la sensación de que alguien está detrás de mí haciendo muecas. Por eso huyo, todo lo que puedo, de las grandes palabras.”

Eso espero que vean mis alumnos cuando se pongan a escribir: alguien que hace muecas detrás de ellos.  Ellos me verán. Pero solo ellos. Ventajas de ser invisible. 


Llamadas perdidas


El frío vuelve a la gente sospechosa, la emboza con bufandas y le endurece el quinqué. Por la calle apenas se saluda, solo se saca una mano traslúcida del bolsillo del abrigo o se levantan unas cejas ateridas. En el suelo de piedra de las calles peatonales de La Laguna crecen los tumores del musgo.

Hay que entrar en un café, no hay más remedio. Allí vamos soltando prendas, recuperamos el tono, mi amigo se asombra de tener una piel sensible, se pellizca, bienvenido le dice a su cuerpo frente al espejo que rodea una columna. Frente a un barraquito uno se deslengua y va arrimando las ideas a la nueva temperatura.

Primero vienen los informes y actualizaciones. Hacemos recuento de muertos, de trabajos perdidos, de amigos en fuga, proyectos y demencias. 

Luego pedimos una cerveza que deja su baba de espuma sobre la mesa mientras va hilando unas burbujas a cámara lenta. Con la ayuda del alcohol al invierno se le da un puntapié y la boca nos engatusa con sus ambulancias y vaivenes. 

El propósito es desentumecer la lengua. Hablamos de Garzones y reformas laborales, y medimos la estatura de la crisis dependiendo del íntimo descalabro. Para curarnos el pesimismo exploramos esas frases manoseadas y resecas: “aún estamos vivos”, “podría ser peor”, “al menos podemos comer”, y así. 

Deberían reconfortarnos esos lugares comunes, pero su aspecto de venda nos inquieta. 

Mi amigo se abandona al silencio y deja que corran las llamadas perdidas. 

Mientras lo observo recuerdo unas palabras de Camus en La muerte feliz: "lo que me horroriza de la muerte es que me entregará la certeza de que mi vida ha sucedido sin mí." 

La noche va cerrándose tras la puerta acristalada del café. Caen dos o tres mensajes nuevos en el teléfono móvil, pero mi amigo no responde. 

Él sabe que en nuestra sociedad hay dos tipos de seres humanos: los que responden a las llamadas y los que las ignoran. Él está cruzando la frontera que lleva hacia el desierto. La tierra de los que viven fuera de cobertura, más allá del extrarradio. 

Su silencio es una despedida, una pequeña muerte comunicada por ausencia. 

Ya no estoy para nadie, me suelta, pero especialmente no estoy para mí, y apaga su teléfono. Pronto se fuga con la mirada hacia las otras mesas, allí donde la vida aún responde a las llamadas perdidas. 

Cerrar el paraguas, pensar a la intemperie




Escuchar exige más valor que creer. Te obliga a soportar al otro, a entenderle, a descubrirte equivocado.

Hablamos tras el ventanal de un café, pero a veces las palabras se nos deshacen en la boca y callamos para que el silencio diga lo suyo. Un silencio que trae zapatos cómodos, olor de invierno, el hábito de las madrugadas y un frío que enmudece. 

Entre la multitud que cruza la calle reconozco las bufandas, pero no los rostros. G. no ve lo mismo: Yo reconozco todos los rostros aunque no conozca a nadie, asegura, porque no hay nadie que no sea lo mismo que nosotros somos.

A veces nos marchamos lejos en las palabras, hacia libros remotos y ciudades entrevistas en una alucinación, decimos Naipaul, Porchia o Bufalino, una idea de Camus nos sobrevuela como un cazabombardero (todos somos Calígula y disimulamos, la sonrisa apacigua el miedo de serlo y de que nos reconozcan), pero volvemos pronto al velador, a la camarera infranqueable y morena, a la calle que sube hacia un cielo de ataúdes. 

Quien solo cree, insiste G., está abriendo su paraguas, protegiéndose de los otros, esperando que escampe. Toda fe es sanguínea e incontestable. Escuchar es cerrar el paraguas, pensar a la intemperie. Escuchar nos empuja a desconfiar de nosotros, y eso no divierte. Exhibimos el orgullo de una certeza, pero ese orgullo es un café frío que nuestra intimidad desprecia.

Al otro lado de este centímetro de cristal, como en un sueño ligero, crece la ciudad con su abrigo de piedra: cruza un búho enchaquetado con una bolsa en cada mano, una lechuza en la ventana de un segundo piso fuma su pitillo, pasa un matrimonio de mirlos que discuten sin mirarse, calle abajo un pequeño saltamontes melancólico arrastra un tanque de juguete.